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Salud Mental: no estamos solos

El pasado día 10 de octubre fue el día de la Salud Mental y tuve la suerte de ser invitado al Centro Sanitario 'Román Alberca' a pasar un rato pintando y compartiendo experiencias con las personas que tiene necesidad de su ayuda.

Pintamos con acuarela a partir de una mancha, y desde ahí creamos paisajes por los que dejamos volar la imaginación.

Fue fantástico, conocer al personal que trabaja y apoya a estas personas, pero lo mejor de todo fue compartir con la gente sus experiencias, sus emociones, sus risas, pero también sus llantos y sus miedos.

Me sentí pequeño, insignificante ante la destreza, cariño y trato de los trabajadores con los enfermos, por otro lado me sentí orgulloso y afortunado de haber podido estar y compartir este rato con los pacientes que tenían las mismas inquietudes y deseos que yo, que disfrutaban con lo mismo que yo, que querían a su familia como yo, que se ayudaban entre ellos como yo, que lo único que les diferenciaba de mí es que ellos no podían salir libremente pues sus pesadillas y miedos en su cabeza especial se hacían reales y tangibles.

Ví sonrisas, ternura, llantos, pero sobre todo cariño de todos hacia todos. El personal esforzándose por mejorar la vida de los internos y ellos volcándose en superar su situación: son un equipo.

Les voy a contar una experiencia personal que me marcó para siempre y que viene a colación.

Recuerdo hace unos años el trago que supuso para mi sufrir un infarto de miocardio. Llegué a urgencias con un dolor terrible en la espalda que me impedía casi respirar y a penas podía dar un paso, pero me fui andando desde casa al hospital pues estaba a trescientos metros.

Para mí, era evidente que todo era una mala postura, un dolor de espalda de estar mal sentado y por supuesto nunca por nunca imaginaba lo que se me venía encima.

Al llegar me metieron un orfidal, un paracetamol y me mandaron una analítica. Tras varias dudas y titubeos sobre qué era o no de los médicos finalmente llegó el diagnóstico... infarto.

Claro, para mi era increíble, se estaban equivocando, pero llegó una doctora y con muchísima calma me dijo que era probable y que me tenían que ingresar para controlar pues el protocolo así lo decía.

No podía creerlo, me iba a quedar ingresado... Pero la cosa se volvió más sorpresiva cuando en lugar de meterme a las camas a espera de habitación, me llegaron un montón de personas que empezaron a desnudarme, a ponerme cables, vías y aparatos para controlar mis constantes y de manera rápida me hicieron llegar a UCI.

Esto era una broma pensaba, se están equivocando, ya no me duele y me encuentro muchísimo mejor... pero cuando desnudo empezaron a pasarme a un box que es una habitación llena de aparatos y monitores con cables de vigilancia intensiva, y ni siquiera me dejaron pasarme de una cama a la otra me empezó a entrar un miedo atroz acompañado de una incredulidad supina 'no podía ser, no podía ser, se están equivocando' y entre terror y una risa compulsiva me quedé sólo lleno de cables, vías, goteros, aparatos... y entonces, en el silencio de la fría estancia lloré.

No comprendía, no sabía, nadie me explicaba qué estaba pasando, yo no tenía que estar allí, era una equivocación seguro. Mi cabeza bullía de desconcierto, no era posible, no.

Pasaron los días, una semana estuve en UCI antes de pasar a planta, tuve dos paradas una de 3 segundos, y otra un poco mayor, lo suficiente como para entender que la muerte es dulce y cálida, como en enero pasar por delante de una ventana soleada en una estancia fría, ese sol que desentumece y abriga.

Cuando estaba allí genial, tranquilo por fin, vi a la enfermera que me había cuidado desde que ingresé que con la cara descompuesta corría hacia mí gritando mi nombre, y por un momento sentí que no me podía ir, que tenía que luchar por esa mujer que me había dedicado su tiempo, sus conocimientos, su cariño, éramos un equipo con un objetivo común: mi vida. Si me dejaba llevar le habría fallado. Pero yo seguía pensando que no tenía que estar allí.

A la semana pasé a planta, había superado la fase aguda, ahora, tras otra semana más que me colocaron unos muelles en el corazón ya estaba listo para reincorporarme a la vida.

Pero entonces es cuando uno se enfrenta a la dura realidad: yo prácticamente salí como entré, no fui consciente de mi enfermedad pero ya todo cambiaría para siempre.

Todo el mundo te trata como un cuidado extremo, ya no eres válido para trabajar tal y como lo hacías antes, pero nadie te ha dicho lo que te ha pasado, sólo sales a la calle y ya está.

Tenía un desgarro interior inmenso, no sabía qué me pasaba pero sentía rencor hacia la sociedad sentía que me había fallado, estaba totalmente rebelde y me iba deteriorando cada día un poco más porque no entendía.

Yo fui un afortunado, me llamaron a los tres meses para entrar en el programa de rehabilitación cardíaca. Gracias al maravilloso trabajo de este equipo salí adelante físicamente.

Pero lo que más recuerdo es a la Doctora Adriana Masotti, psicóloga del programa a la que nunca estaré lo bastante agradecido, que tuvo a bien apostar por mí, enseñarme a afrontar mi situación, a entender lo que me había pasado, a superar el duelo del trauma y a afrontar el futuro con nuevas ilusiones.

Todo esto lo cuento porque todos y repito TODOS, en algún momento de nuestra vida nos podemos ver necesitados de comprensión y de un profesional que nos ayude a enfocar los problemas que POR NO TENER EXPERIENCIA no sabemos resolver.

Todas las personas que conocí estaban en esa situación. Si la sociedad los aparta y no les da su comprensión y cariño muchos de ellos no podrán superar sus miedos y sucumbirán.

El centro 'Román Alberca' es una esperanza para muchos y toda la sociedad deberíamos entender que en cualquier momento podemos estar dentro sin entender porqué.

Mil gracias a Tere y a María Dolores por hacerme vivir esta experiencia.

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